3.
INTRUSOS.
La
noche maduraba lánguida y silenciosa, cuajada de distantes candilejas, frías y
ausentes. Un sordo rumor, que se alzaba entre los arbustos del otro lado de la
carretera, rompió de golpe su ensueño. Saltó de la butaca asustado, pensando
que alguien le llamaba: aun permanecía demasiado dormido para darse cuenta del lugar de
dónde venía el ruido. Tenía el corazón bombeando con brutalidad desbocada, los
puños cerrados hasta el punto del dolor, las sienes palpitando con una furia
desmedida. Ciertamente, al principio, pensó que era algún cliente bastante
cabreado que daba golpes al cristal para llamarlo.
No
obstante, al salir a la parte delantera de la tiendo, un poco más despierto,
advirtió que nadie había allí llamándole. Simplemente: la montaña llena de
arbustos azotados por el viento nocturno y la luna amarillenta en el horizonte.
Sólo eso y nada más. Ni siquiera había luz en la carretera ni en los chalets
cercanos de enfrente. Sólo el silencio.
Entonces
empezó a relajarse y a respirar con normalidad, un sudor helado le atenazó la
espalda. Por un instante se convenció de que había sido una mala pasada de su
cabeza y se dirigió hasta la caja para
coger su bocadillo y ponerse a comer, ya que el miedo se pasa con el
estómago lleno. Si alguno de sus amigos lo hubiese visto, tan pálido, tan
asustado y tembloroso, habría sido la diana de sus bromas durante los
siguientes seis meses.
Pero
estaba solo, en medio de la carretera a ninguna parte. Completamente solo.
Desenvolvió
su bocadillo, tortilla con atún y queso, estaba bueno, le gustaba bastante.
Después sabía que acabaría picando
algo de chocolate de las estanterías de la tienda.
En
ese momento, cuando daba buena cuenta de la cena, algo en el rabillo del ojo le
llamó la atención. Una luz roja, tenue, fugitiva, se plantó entre los arbustos.
Con un sobresalto, mientras contenía la respiración, se giró. Por un segundo le
pareció que se movía, que titilaba y desaparecía entre la negrura. Sin embargo,
allí no había nada: silencio y noche.
Se
quedó un poco intentando forzar su vista para descubrir cualquier indicio de lo
que podía haber sido aquel destello carmesí. Pero, fue en vano. Allí no se veía
a nadie.
Sin
embargo, como estaba con la mosca detrás de la oreja, decidió apagar algunas de
las luces exteriores y todas las interiores. Nadie se lo iba a reprochar,
puesto que no se iba a enterar nadie. Tampoco así pudo descubrir nada. Entonces
se decidió a seguir cenando sin apartar la vista del campo que se extendía más
allá del margen de la carretera.
Allí
no había nada, la cabeza y los porros le estaban jugando una mala pasada.
Alguno de esos días iba a dejarlos por completo. Pero mientras ese día llegaba
no tenía otra cosa mejor que hacer. Lanzaba furtivas miradas a la oscuridad con
creciente expectación y temor, hasta que dejo de preocuparse ocupado en su
dulce pasar el rato. Entonces lo volvió a ver: allí entre los matorrales había
una sombra que desprendía una muy tenue luz roja.
Sin
saber cómo, dejó escapar la respiración, mientras exclamaba con un siseo:
“¡hostia puta!”. Se quedó petrificado, las manos inmóviles y los pies
temblando. Sintió el aire de los ventiladores descender por su nuca
provocándole un escalofrío contenido hasta las puntas de sus dedos. El sudor,
aun más helado, se concentró en sus sienes. Y su garganta se negó a trabajar
más.
Si
hubiese tenido ganas, seguramente se habría orinado encima. Posiblemente no se
habría dado cuenta, ni tampoco le hubiese importado. Pues, allí, entre los
matorrales, brillaba una tenue luz rojiza. Ahora la veía con toda claridad,
había alguna cosa moviéndose entre los arbustos al otro lado de la carretera,
aunque no podía distinguir qué era. La cosa se movía como si buscase algo, como
un animal olfateando la noche en busca de sus presas.
Entonces
hizo lo único inteligente que posiblemente jamás llegaría a hacer: decidió apagar
las luces de la estación para poder ver aquella cosa mejor. Con sumo cuidado
fue apagándolas desde el panel de control, primero las exteriores y luego las
internas. Aunque se quedaron algunas encendidas, como las de emergencia, la
estación de servicio se sumió en la noche. Él, solamente, podía escuchar los
latidos de su corazón y su respiración entrecortada, mientras espiaba a aquella
cosa en la oscuridad. Se movía despacio, enérgicamente, y, a pesar de no parecer muy alta o grande, le
daba la impresión de que era muy larga. La pequeña luminiscencia se había
convertido en un destello importante encarnado. En ese instante pareció que el
objeto se quedaba atentamente mirando a la estación de servicio y el temor se
apoderó de él. En un acto reflejo se agachó detrás del mostrador desde donde
estaba espiando. Le había visto.
¿Me ha visto? Me ha visto.
Atento
a cualquier ruido que se produjese, calado hasta los huesos de miedo, esperó lo
que le pareció ser una eternidad, en cuclillas, temblando, mientras se repetía
que aquello, fuera lo que fuese, iba a por él.
No
obstante, contra toda posibilidad, no se oía nada. Todo continuaba en su
letárgico silencio. Las neveras rezumbaron estrepitosamente y dio un respingo
helado bajo el mostrador mientras su corazón salía desbocado por su garganta.
Con todo, siguió el silencio tranquilo de la noche.
Poco
a poco, empezó a echarle valor y asomó la cabeza por el mostrador.
En
la estación de servicio, entre los surtidores, no se percibía ningún cambio;
todo parecía igual sumido en la penumbra. La carretera vacía y silenciosa; en
los matorrales la luz seguía estando, aunque ahora parecía que había perdido el
interés por la estación y se concentraba en el firmamento. Se balanceaba
despacio con un zumbido monocorde muy bajo, que apenas era perceptible a través
del viento.
Se
preguntó qué estaría haciendo y por qué. Aunque no tenía intención de salir a
descubrirlo o acaso preguntarle. Esperaba que desapareciese o bien que entrase
algún amigo suyo carcajeándose de él y gritándole “¡pringao!”. Pero tenía la impresión de que no ocurriría. Alguna
alarma en su cabeza fumada había saltado y le gritaba “¡corre!, ¡sal de aquí o estás muerto!”; aunque era muy difícil
entenderlo estando tan fumado y se le enturbiaban los pensamientos y se
embrollaban las ideas en una maraña incomprensible.
Pensó
en llamar a casa, pero cómo se lo diría a su padre, sin parecer un colgado: “papá, ven a recogerme ya que aquí delante hay una cosa que hace luz
roja y estoy acojonado”. No sonaba creíble. Llamar a la policía tampoco era
una muy buena idea, ya tenía demasiados enganches con ellos como para darles la
escusa. Si salía de allí corriendo, posiblemente aquello lo viese y fuese a por
él; de lo contrario, sería su jefe quien le perseguiría. Esconderse, y si vienen a por mí. Al final optó por
lo único que sabía hacer bien: no hacer nada y ver que pasa después.
Al
instante, mientras se debatía en aquel mare magnvm de pensamientos, un
destello rojo en el cielo captó su atención, volviendo a dejarlo sin aire.
Parecía una estrella fugaz, pero muy cercana, muy oscura con un simple brillo
encarnado. Detrás, sin dejarle un momento para asimilarlo, otra y otra más, así
hasta que contó una dieciséis o diecisiete. Cayeron sin ruido, ni llamaradas,
ni nada parecido que todos hubiesen esperado, por toda la montaña, entre los
chalets.
Aquello
no era nada normal, la ansiedad se apoderó de él y le provocó un estado de nervios
e histeria como hasta ahora no había conocido.


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