dimecres, 27 de febrer del 2013

ESTACIÓN DE SERVICIO 1


  1. SÍRVASE UD. MISMO.
Desde que había dejado la escuela, hacía ya algunos años, no había conocido otro trabajo que no fuese aquel en la Estación de Servicio de la VV-6021. Es muy probable, como sabía recordarle siempre su madre, que hubiese trabajos mejores con un sueldo mayor; sin embargo, él no deseaba otra cosa, puesto que era un trabajo relativamente sencillo y cómodo. En efecto, no requería un esfuerzo excesivo.
M.G. nunca había destacado; de hecho, siempre lo habían considerado todos un estúpido. Aunque también él se había ganado a pulso esa opinión: nunca le gustó el colegio y estudiar era un fastidio que le robaba tiempo para dar vueltas con la motocicleta, fumar porros entre los naranjeros y meterle mano a su novia del momento. Con todo, lo bueno siempre llega a su fin: a los dieciséis dejó el colegio sin más pena ni gloria, ya que tres expulsiones y un cabronazo de director le impidieron superar el último curso, de tal forma que sucedió lo que más temía: una gran bronca en casa, sus padres gritando, él despotricando y acusando a todos de un fracaso inmerecido; su madre, en el sofá, llorando culpaba a las drogas y los porros que fumaba con los “delincuentes de tus amigos”. Finalmente, su padre le dijo que tenía cuatro días para encontrar un empleo, al siguiente lo echaría de casa. Así, acabó allí: en la Estación de Servicio de aquella carretera secundaria, la VV-6021, entre tres pueblos de campo, rodeado de urbanizaciones y chales y polígonos y montaña y matorrales y amarillenta yerba seca.
Ciertamente, no obstante, le encantaba estar allí. Le gustaba ver pasar tanta gente y, sobretodo, los ratos en que no tenía nada que hacer y, sentado solo, fumaba algún canuto con la mente pintada de blanco. De hecho, le molestaba bastante cuando tenía turno de mañanas y le tocaba compartir trabajo con algunos compañeros que le fastidiaban bastante. Uno de ellos, J., era un obeso enorme y sudoroso, con independencia de la climatología, que era incapaz de hacer nada. Nunca le había visto hacer nada, ni tan siquiera cobrar a un cliente en la caja, ya no hablemos de salir a los surtidores y llenar algún depósito. Eso sí, J., "la Mole", era capaz de hablar durante horas, sentado en su sufridor taburete, sobre cualquier tema que no interesase ni a las moscas de verano y adormecer a todo el auditorio. Era, en una sola palabra, pesadísimo.
Sin embargo siempre hay algo por lo que vale la pena estar allí; en este caso L.V., una muy buena compañera. Con ella por allí se hacían amenas las tardes y, si todo era propicio, incluso se podía disfrutar en el almacén de la tienda. Aunque no era preceptivo que sucediese, siempre amenizaba tenerla por allí moviéndose de arriba abajo.
Pero su presencia tampoco era excesivamente importante para él, pues siempre encontraba algo con lo que entretenerse y si no lo había, dormía. Así pasaba su tiempo.

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