2. OTRA
NOCHE MÁS.
Esa
semana, al fin, le volvía a tocar el turno de noche y se encontraba feliz,
puesto que iba a estar allí solo, sin más trabajo que dormitar durante horas y
atender algún que otro perdido que se acercase a la gasolinera.
Al
principio, todo fue bien. Algunos clientes a primeras horas de la noche, en
general gente que regresaba a casa después del trabajo. Después aparecieron
algunos perdidos en busca de algo de cerveza, hielo o alguna cosa para comer.
Posiblemente había en algún lugar de la urbanización una reunión de colegas, a la que le hubiese gustado
asistir. Sin embargo allí estaba, dando cambio y conectando los surtidores. No
era un mal trabajo, pero tampoco le decía nada más.
Pasada
la media noche, llegó el momento en que
la faena desaparecía y podía ir a la parte trasera a fumar un poco de yerba para hacerle más agradable la
noche. Como siempre, en esas horas centrales de la noche, era muy raro que
alguien parase por allí.
Así
que dio unas cuantas vueltas por allí dentro, como si estuviera haciendo algo
de provecho, y se escondió en la parte de atrás, donde estaba el pequeño horno
eléctrico para el pan y napolitanas y demás pasteles que se vendían
esporádicamente. A los diez minutos, tumbado con los pies en una silla, ya
estaba dormitando en un ensueño plácido con el coro de pitidos de máquinas de
fondo. A la hora, más o menos, de estar en esa inconsciencia, le sobresaltó un
fuerte golpe en la pared de atrás; sin embargo, advirtió que era algún animal
que estaba cazando por los sutiles ruidos de lucha entre los matorrales.
Al
momento volvía a estar medio dormido escuchando de lejos los ecos de la noche
en la gasolinera, y aún más lejos los pocos coches que pasaban por la
carretera. Tuvo algo de hambre, pero tampoco le hizo mucho caso. Estaba
demasiado bien allí estirado.


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