- SÍRVASE UD. MISMO.
Desde
que había dejado la escuela, hacía ya algunos años, no había
conocido otro trabajo que no fuese aquel en la Estación de Servicio
de la VV-6021. Es muy probable, como sabía recordarle siempre su
madre, que hubiese trabajos mejores con un sueldo mayor; sin embargo,
él no deseaba otra cosa, puesto que era un trabajo relativamente
sencillo y cómodo. En efecto, no requería un esfuerzo excesivo.
M.G. nunca había destacado; de hecho, siempre lo habían considerado
todos un estúpido. Aunque también él se había ganado a pulso esa
opinión: nunca le gustó el colegio y estudiar era un fastidio que
le robaba tiempo para dar vueltas con la motocicleta, fumar porros entre
los naranjeros y meterle mano a su novia del momento. Con todo, lo
bueno siempre llega a su fin: a los dieciséis dejó el colegio sin
más pena ni gloria, ya que tres expulsiones y un cabronazo
de director le impidieron superar el último curso, de tal forma que
sucedió lo que más temía: una gran bronca
en
casa, sus padres gritando, él despotricando y acusando a todos de un
fracaso inmerecido; su madre, en el sofá, llorando culpaba a las
drogas y los porros que fumaba con los “delincuentes de tus
amigos”. Finalmente, su padre le dijo que tenía cuatro días para
encontrar un empleo, al siguiente lo echaría de casa. Así, acabó
allí: en la Estación de Servicio de aquella carretera secundaria,
la VV-6021, entre tres pueblos de campo, rodeado de urbanizaciones y chales y polígonos y montaña y matorrales y amarillenta yerba
seca.
Ciertamente,
no obstante, le encantaba estar allí. Le gustaba ver pasar tanta
gente y, sobretodo, los ratos en que no tenía nada que hacer y,
sentado solo, fumaba algún canuto con la mente pintada de blanco. De
hecho, le molestaba bastante cuando tenía turno de mañanas y le
tocaba compartir trabajo con algunos compañeros que le fastidiaban
bastante. Uno de ellos, J., era un obeso enorme y sudoroso, con
independencia de la climatología, que era incapaz de hacer nada.
Nunca le había visto hacer nada, ni tan siquiera cobrar a un cliente
en la caja, ya no hablemos de salir a los surtidores y llenar algún
depósito. Eso sí, J., "la Mole",
era capaz de hablar durante horas, sentado en su sufridor taburete,
sobre cualquier tema que no interesase ni a las moscas de verano y
adormecer a todo el auditorio. Era, en una sola palabra, pesadísimo.
Sin
embargo siempre hay algo por lo que vale la pena estar allí; en este
caso L.V., una muy
buena
compañera. Con ella por allí se hacían amenas las tardes y, si
todo era propicio, incluso se podía disfrutar en el almacén de la
tienda. Aunque no era preceptivo que sucediese, siempre
amenizaba tenerla por allí moviéndose de arriba abajo.
Pero
su presencia tampoco era excesivamente importante para él, pues
siempre encontraba algo con lo que entretenerse y si no lo había,
dormía. Así pasaba su tiempo.


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